
Quiero que tú te acerques
con las botas puestas,
llenas de barro y hojas silvestres.
Que dejes a la puerta tu rifle,
pero traigas tu daga.
Tus ojos serenos del cazador veterano.
Quiero que me ensucies el piso.
Y cojas mi blanco vestido
con toda la sangre
que cargan tus manos.
Las llagas que llevan tu nombre,
los gritos que llevan el mío.
Y hagamos de cuenta
que nunca te dije cuánto le temo a los bosques
o a las bestias del campo.
Quiero que estés listo.
Para salir corriendo,
a hacernos fogatas
con todas las veces que sacamos el niño
y sudamos de espanto.
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